Poesía latinoamericana

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César Vallejo

Hoy se conmemora el fallecimiento del gran poeta peruano César Vallejo. Murió en París en 1938, a la edad de 46 años. Sus restos descansan en el cementerio de Montparnasse. Fue uno de los mayores representantes de la poesía vanguardista latinoamericana del siglo XX. Revolucionó la manera de escribir poesía, rompió paradigmas para dejar que su creación fluyera sin ataduras sobre el papel.

Américo Ferrari, poeta y crítico peruano, define su obra así:

(…) es quizá Vallejo quien encarna de la manera más cabal la libertad del lenguaje poético: sin recetas, sin ideas preconcebidas sobre lo que debe ser la poesía, bucea entre la angustia y la esperanza (…), y el fruto de esa búsqueda es un lenguaje nuevo, un acento inaudito.

De su pluma exquisita les dejo uno de mis poemas favoritos:

En horas de insomnio
"Me voy de aquí, no quiero más oírme;
de mi voz toda voz suéname a eco,
ya falta así de confesor, si peco
se me escapa el poder arrepentirme.

No hallo fuera de mí en que me afirme
nada de humano y me resulto hueco;
si esta cárcel por otra al fin no trueco
en mi vacío acabaré de hundirme.

Oh triste soledad, la del engaño
de creerse en humana compañía
moviéndose entre espejos, ermitaño.  

He ido muriendo hasta llegar al día
en que espejo de espejos, soy me extraño
a mí mismo y descubro no vivía".

Los 91 de Rafael Cadenas

Rafael Cadenas es un poeta venezolano, nacido en Barquisimeto, la ciudad de los crepúsculos, el 8 de abril de 1930. Es profesor universitario, traductor y ensayista. Entre los galardones que ha recibido por su obra destacan el Premio Nacional de Literatura de Venezuela (1985), el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en Guadalajara, México y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2018).

Imagen tomada del sitio web de la Universidad de Salamanca.

La suya es calificada como una poesía reflexiva, que analiza la realidad a través de la lírica. Su estilo es a menudo comparado con el pensamiento filosófico.

Esta entrada la dedico a mis seguidores poetas, quiero acercarlos a su trabajo. Les dejo por aquí uno de sus poemas:

Las paces

Lleguemos a un acuerdo, poema.
Ya no te forzaré a decir lo que no quieres
ni tú te resistirás tanto a lo que deseo.
Hemos forcejeado mucho.
¿Para qué este empeño en hacerte a mi imagen
Cuando sabes cosas que no sospecho?
Líbrate ya de mí.
Huye sin mirar atrás.
Sálvate antes de que sea tarde.
Pues siempre me rebasas,
sabes decir lo que te impulsa
y yo no,
porque eres más que tú mismo
y yo solo soy el que trata de reconocerse en ti.
Tengo la extensión de mi deseo
y tú no tienes ninguno,
sólo avanzas hacia donde te diriges
sin mirar la mano que mueves
y te cree suyo cuando te siente brotar de ella
como una sustancia
que se erige.
Imponle tu curso al que escribe, él
sólo sabe ocultarse,
cubrir la novedad,
empobrecerse.
Lo que muestra es una reiteración
cansada.
Poema,
apártame de ti.

Recursos

Picasso quería romper la perspectiva, hacerla volar por los aires y presentar la realidad desde múltiples puntos de vista al mismo tiempo. Su objetivo era plasmar la realidad, pero representándola desde diferentes ángulos a la vez, contraviniendo la norma, dibujando en un mismo plano los distintos puntos de vista de varios objetos en una sola imagen.

Con sus pinceles, una profunda inconformidad con el trabajo apreciado en su época y mucho valor rompió la visión natural de las cosas, desarrollada hasta entonces en la perspectiva cónica, aquella en la cual el tamaño de los objetos disminuye al alejarse del observador y las rectas paralelas que lo componen convergen en un punto llamado foco, situado en la línea del horizonte. El resultado de su empeño fue el cubismo.

El pintor dispone del color y la técnica para representar su visión del mundo, pero ¿puede el escritor romper la perspectiva o hilo narrativo de su historia sin que su obra pierda la inteligibilidad?, ¿de qué herramientas dispone para lograrlo?, ¿tiene alguna?

Voltaire lo complicó un poco más cuando dijo que “la escritura es la pintura de la voz”, lo que viene a ser, palabras más, palabras menos, algo así como que el escritor debe pintar el mundo con palabras, sumando en ellas color y sentimiento, pero, ¿cómo imprimir color a un relato?, ¿Cómo trasladar al papel el sentimiento de la voz?

El escritor trabaja con palabras, unidades lingüísticas dotadas de significado que adapta a sus necesidades. Verbos, adjetivos, sustantivos, preposiciones y demás se dan cita en las páginas de un libro y nos cuentan una historia de la mano de su creador. Adicionalmente dispone de signos de puntuación, comodines con los cuales modula el tono y el ritmo de la historia y, además, da coherencia al texto, como lo hacen, por ejemplo, los guiones que nos permiten apreciar que estamos leyendo una conversación y diferenciar lo que dicen sus participantes.

Cuenta también con el narrador, que puede ser en primera persona, con lo cual logra un efecto de intimidad con el lector, omnisciente, el que lo sabe todo, está en todas partes y puede resolver todas y cada una de las incógnitas del relato y el narrador testigo, aquel que no va más allá de lo que ve y asume el papel de un espectador.

Los tiempos también juegan un papel importante en la narración. Encontramos relatos donde el presente y el pasado se alternan y otros que siguen una cronología lineal y ordenada.

Pero los grandes de la literatura van más allá, son capaces de imprimir con sus palabras emociones, sensaciones o sentimientos en la mente del lector, de halarlo hacia adentro de la historia y conmoverlo. Rompen paradigmas y normas, barren con los estilos formales y logran joyas de la literatura:

Mario Vargas Llosa, “La muerte del chivo”: al principio de la historia las descripciones son extensas y cargadas de adjetivos. No hay escena sin un flamboyán en flor o una alfombra de flores rojas y amarillas de este árbol. La blanca espuma de las olas baña las piedras del malecón, su estruendo embriaga los sentidos, todo adornado, bello y sonoro. Sin embargo, cuando capturan a los perpetradores del atentado el lenguaje cambia por completo. Adopta entonces el escritor la crónica periodista y el texto adquiere el tinte de una noticia de la sección de sucesos. Desaparecen los adjetivos. Simplemente nos dicen qué pasó, adónde llevan a los detenidos, qué hay en las salas de tortura; no se mencionan los gritos desgarradores, pero sabemos que están allí: nuestra mente los ha creado y por eso nos calan más hondo. El resultado: eriza la piel.

José Saramago, “Ensayo sobre la ceguera”: desde el mismo primer párrafo imprime una sensación visual poderosa, a través de su narrador testigo. En él se desarrolla una escena que resume una parcela de cotidianidad citadina en torno a los colores que en ella aparecen y su significado: amarillo (precaución), rojo (detenerse), verde (seguir), en contraste con las líneas blancas sobre negro del paso de cebra, todo en contraposición con la ceguera blanca que paraliza a los personajes de la novela.

Laura Restrepo, “Delirio”: esta escritora colombiana logra que el delirio se instale en la mente del lector mediante la supresión de los signos de puntuación y/o su cambio de uso. El lector sabe que está en presencia de un diálogo cuando encuentra una mayúscula después de una coma: no aparece ni un solo guion en toda la obra. Por otra parte, la novela no está estructurada en párrafos, sino, más bien, en bloques narrativos largos y densos, con alternancia de narradores, a veces en un mismo párrafo. Esta ruptura con las formas obliga al lector a cuestionarse sus capacidades de lectura y de comprensión del idioma. Al tener que releer las oraciones más de una vez para comprenderlas, el lector traslada esa sensación de delirio a si mismo, se impregna de ese delirio que acucia a Agustina, la protagonista de esta historia.

El escritor cuenta con herramientas para conmover al lector, la literatura y el idioma se las dan, están allí, solo tiene que atreverse a romper las cosas y reacomodarlas según sus intenciones. Él decidirá si va más allá de contar una historia; puede conectar con las emociones del lector y lograr que este la sienta y la haga suya. Esa es la clave: no conformarse con menos.

La prosa y el verso hoy visten de luto

Hoy, 28 de marzo, la prosa y el verso visten de luto para recordar la desaparición física de dos de sus grandes exponentes: Virginia Wolf (1941) y Miguel Hernández (1942).

Virginia Wolf y Miguel Hernández fallecieron el mismo día

Hoy se conmemora el fallecimiento de Virginia Wolf, escritora británica, autora de novelas, cuentos, ensayos y obras de teatro. Sus novelas más famosas son “La señora Dalloway” y “Al faro”. En ambas muestra una prosa exquisita y el dominio absoluto de la técnica de la descripción. Alcanzó gran popularidad entre el movimiento feminista un ensayo suyo titulado “Una habitación propia”, donde expone la gran dificultad que han experimentado las mujeres a lo largo de la historia para desarrollar una carrera literaria. Es una pieza magistral de lectura obligatoria.

La tarde del 28 de marzo de 1941, presa de un profunda depresión, salto al río Ouse. Tras su muerte encontraron la última nota que le dejó a su esposo:

“Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que voy a hacer lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices, hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decir que todo el mundo lo sabe. Si alguien podría haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas puedan haber sido más felices de lo que hemos sido tú y yo”.

El verso llora hoy a Miguel Hernández, poeta y dramaturgo español, nacido el 30 de octubre de 1910 en Orihuela. Falleció de tuberculosis en la prisión de Alicante, el 28 de marzo de 1942. Se cuenta entre los grandes de la literatura española del siglo XX.

De niño pastor de cabras a poeta universal, alcanzó la excelencia de forma autodidacta de la mano de los grandes autores del Siglo de Oro español: Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega y Luis de Góngora.

En prisión escribió el poema “Antes del odio”, del cual transcribo la última estrofa:  

"...No hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
Me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
Qué la muerte, la una y yo
A lo lejos tú, sintiendo
En tus brazos mi prisión,
En tus brazos donde late
La libertad de los dos.
Libre soy, siénteme libre.
Solo por amor."

Por la pasión de leer

El lema de este sitio web es “Por la pasión de leer” por una razón muy especial, hace referencia a un instante de mi vida cuando la lectura me desgarró el corazón. Fue la primera vez, y como todas las primeras veces de algo siempre es particular y única. Leía el que fue el primer libro largo que cayó en mis manos, “El llamado de la selva”, de Jack London, que, además, llegó a mí gracias a la intermediación de mi madre, lo que convirtió esa mi primera experiencia lectora en algo así como un ritual de herencias, de transmisión de códigos genéticos que el ADN había prescrito para toda la cadena de mujeres de mi familia, incluida aquella señora protagonista de “Las cartas de mi abuela” https://mibitacoradigitalirenedesantos.com/2021/01/12/las-cartas-de-mi-abuela/, la de las íes y las yes.

Sufrí lo indecible con los padecimientos de Buck, el personaje principal de la historia. Devoré sus páginas entre lágrimas, de una sola sentada, a lo largo de una tarde. No podía cerrarlo y dejar solo a aquel portentoso animal, tenía que saber que le ocurriría después, su destino tenía que enderezarse. Él merecía regresar a su casa a vivir plácidamente con el juez Miller, y pobre del señor London cómo no lo hiciera, me iba a tener que oír. De nada servían las palabras de consuelo de mi madre, quien me aseguraba que aquello no le había ocurrido a ningún perro, que era ficción, razón por la cual no tenía demasiado sentido estar triste por la suerte de un ser mítico, que solo había vivido en la imaginación de un escritor. No, no podía aceptarlo, ella tenía que estar equivocada: Buck existía cada vez que abría el libro; el cobraba vida y mi dolor también.

Y me interné en el bosque de los libros

Tiempo después, y también por primera vez, ocurrió otro prodigio. Estaba leyendo una noche y recuerdo claramente el instante cuando levante la vista de la lectura y por un momento no sabía dónde estaba. No podía identificar ni mi cama, ni mi habitación, mi mente aún vagaba por un paraje remoto, un bosque, escuchaba el agua de una cascada caer sobre las rocas del fondo y los pájaros cantar, hacía frío y olía los restos de una fogata que se había extinguido y que era imperioso volver a encender para mantener alejados a los animales salvajes durante la noche.

Al regresar a la realidad me reí de mí misma, -otra lección importante que aprendí gracias a la literatura- pero aún perduraba en mí un sentimiento de perplejidad que me desconcertaba. Fue entonces cuando decidí que quería ser escritora, que quería halar a los lectores dentro de las páginas de mis historias y que me acompañaran en mis aventuras, que las vivieran conmigo; quería moverles el mundo, que mis letras generaran sensaciones en ellos. El ideal de conmover a un lector se convirtió para mí en un lema de batalla, tenía que retribuir de alguna manera todo aquello que los libros me habían dado, era como saldar una deuda de gratitud con ese reino de castillos de tinta y papel donde yo era tan feliz.

Cuando descubrí que se puede viajar en pijama y conocer el mundo entero sin maletas ni pasaporte encontré mi vocación y me casé con ella. Quiero trasmitir a otros la pasión de leer.

Cosas de poetas

Ayer, 21 de marzo, se celebró el día de la poesía y aquí estoy hoy, recordando a mis queridos blogueros poetas que han tenido la paciencia de visitar este mi humilde rincón de letras y detenerse a leer mis escritos. Ustedes comparten este deseo de pintar el mundo con palabras, de sumar en ellas color y sentimiento al narrar y crear contenido. Qué afortunada soy por tener entre mis seguidores a un amplio grupo de poetas, magos de las palabras. Gracias por regalarme su obra.

Son ustedes mi relax de las tardes, mis compañeros de viaje, poetas generosos que nos revelan que el mundo es un bello lugar, o no, que la vida es hermosa, o no, pero que nada de eso importa y bien vale la pena vivirla.

Celebremos este día tan especial con una anécdota de Antonio Machado. Antes de dejar España, en su camino al exilio en Francia, tomó un puñado de tierra y lo guardó en una caja de madera. Una tarde, hablando con la dueña de la pensión donde vivía, se la mostró y le dijo que si moría en ese pueblo quería que lo enterraran con ella. Los encargados de amortajarlo cumplieron su deseo y esparcieron sobre su cuerpo el valioso contenido de la caja. Y allí reposa el poeta, en Collioure, Francia, lejos de su hogar, con polvo de su tierra ¿Gesto premonitorio? Quizás el maestro sospechaba que la tristeza no tardaría en arrebatarle la vida al saberse lejos de su hogar, como dicen estos versos, tomados de su obra “Cantares”:

"Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Más cosas de poetas: ayer, a la edad de 75 años, falleció el poeta polaco Adam Zajakewski, ganador del premio Princesa de Asturias, entre otros importantes galardones ¿Puede existir mayor compromiso con la poesía que morir el día de su celebración? Amigos poetas, le dejo por aquí un poema precioso de este autor:

En la belleza creada por otros

Sólo en la belleza creada
por otros hay consuelo,
en la música de otros y en los poemas de otros.
Sólo otros nos salvan,
aunque la soledad sepa a
opio. Los otros no son el infierno,
si se les ve temprano, con sus
frentes puras, lavadas por sueños.
Por eso me pregunto qué
palabra debería utilizarse, "él" o "tú". Cada "él"
es una traición a un cierto "tú" pero
a cambio el poema de alguien
ofrece la fidelidad de un grave diálogo.
(De Temblor, 1985)

La huida

Recordar en medio de un párrafo particularmente difícil que hay que limpiar la caja del gato, regar las plantas o ver cómo le va a la última publicación de Instagram.

Echar una última mirada a información previamente descartada porque no aportaba nada nuevo y ya tenemos todo lo necesario para escribir un artículo.

Estar a punto de terminar esa nueva entrada para WordPress y, como le falta poco y en un ratito lo remato, aprovechar para volver a leer el último correo que le enviamos a un colega, revisar la agenda, cargada de excusas para dirigir nuestra atención a otro lado, consultar alguna cláusula del contrato de edición de la última novela publicada o la fecha de entrega de ese relato en el que hemos estado trabajando para enviarlo a un concurso.

Nimiedades, insignificancias tras las cuales posterga su labor. Pero regresa, siempre regresa de ese lugar adónde había huido, y lo hace cuando logra conectar con ese mágico momento de concentración, cuando las palabras brotan a borbotones y no puede dejar de escribir, cuando sus dedos no se mueven lo suficientemente de prisa y entonces teme que se le escapen las ideas. Cambia los tiempos verbales <<eran infinitivos, idiota>> y el escrito fluye.

Regresa y concluye el trabajo, aunque en realidad nunca estuvo ausente, no del todo, tan solo se refugiaba en esas excusas mientras en alguna parte de su interior se resolvían los tiempos verbales, los modos, la sintaxis, se enlazaban las ideas con las creencias. Es como si el suyo fuera un proceso inconsciente, como si pequeños duendecillos traviesos le dijeran -anda a distraerte mientras nosotros terminamos el trabajo.

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La escritura es, en gran parte y para algunos escritores, un evento semi consciente. Las tramas se tejen en su cabeza y luego simplemente se vacían a través de sus dedos que, entonces, corren nerviosos por el teclado. Un alto porcentaje del proceso creativo se da a nivel mental, con el creador ausente, luego las manos hacen el trabajo, pero es necesario impregnarse de esa idea, llevarla a un nivel íntimo, para que los duendecillos puedan desarrollar las ideas…mientras limpiamos la caja del gato.

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Las cartas de mi abuela

Mi abuela era la mejor escritora que he conocido, cosa bastante sorprendente en alguien que no sabía escribir con propiedad. De alguna manera logró completar tres o cuatro grados de primaria, los cuales no fueron suficientes para permitirle dominar las normas básicas de ortografía, gramática y sintaxis que rigen nuestro idioma.
A pesar de eso, ella lograba comunicar sus ideas, experiencias y anécdotas con la ayuda de un bolígrafo de tinta azul, que en ocasiones dejaba charquitos de tinta al final de las palabras, y hojas blancas sobre las cuales trazaba líneas a lápiz, finas, que borraba al terminar la carta. La invención del papel rayado le ahorró bastante trabajo.


Jamás entendió la necesidad de tener dos íes, la griega y la latina, porque ambas sonaban igual. Entonces, ¿para qué complicarse la vida con dos letras que hacían lo mismo? Utilizaba indistintamente la vocal o la conjunción, siguiendo la inspiración del momento. Tampoco imaginaba la utilidad de la hache, la letra muda, la de las “almoadas”, las “alajas” y la flor de “azar”, pero que jamás omitió al referirse a la Alhambra. Quizás sea porque esta última quedaba muy cerca del pueblo donde nació.

La Alhambra

Pasé poco tiempo con ella, vivíamos muy lejos, pero su pasión por las letras lograba franquear la distancia que nos separaba y, por curioso que parezca, en ocasiones estábamos más al corriente de su vida que de la de otros parientes que vivían a minutos de mi casa. Tampoco le gustaba hablar por teléfono: lo suyo era escribir. Todos los meses recibíamos una de sus cartas.
Recuerdo con especial cariño las que me enviaba por mi cumpleaños. Cada veintidós de noviembre esperaba con ansias al cartero. En ocasiones llegaban antes, pero nunca después; se aseguraba de que fueran entregadas a tiempo marcándolas como “certificada” y “urgente” y colocándoles el doble de las estampillas requeridas. Además, empezaba a escribirlas el primero de octubre: el servicio postal necesitaba quince días para entregarlas; ella poco más de un mes para redactarlas.

Su caligrafía, de caracteres grandes y generosos, era de trazos irregulares, problema este que se agravó cuando la artritis le deformó las manos. Mi mamá me leyó las primeras cartas, porque, por más que me empeñaba, no lograba entenderlas. Escucharlas era un placer. Con el tiempo, aprendí a leerlas por mí misma.

Esas crónicas deliciosas me llevaron de su mano por La Gran Vía, me aliviaron el calor del verano en La Cibeles, me hicieron cruzar las puertas de Alcalá y contemplar las maravillas del Parque del Retiro.
Gracias a su prosa sencilla supe que en ese lugar no se pueden cortar las flores: en 1.930, ella paseaba con mi abuelo y vio una rosa espectacular. Cuando pensaron que nadie los veía, él la cortó y se la dio. Inmediatamente apareció un policía que le impuso una multa de ciento cincuenta pesetas. Quizás hoy en día esa suma parezca ridícula, ni siquiera la moneda existe, pero en aquella época era una cifra exorbitante. Y lo peor fue que no le permitieron conservarla. Después de pagar la multa, le pidió al policía que se la devolviera, pero el funcionario se limitó a responderle: “–aquí no se venden flores”.



Fue una escritora muy dedicada. Le tomaba treinta días escribir las cuatro páginas que nos enviaba sin falta cada mes. En muchas de ellas empezaba diciendo: “Acabo de echar la carta en el correo…” Siempre estaba escribiendo. Las cataratas interrumpieron su trabajo a la edad de ochenta y dos años. No encontró a nadie a quien dictárselas.

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