Sensibilidad

La sensibilidad es pensar por los poros y hacer tuyo el sentir del mundo entero, es padecer la injusticia en carne propia como brasas ardientes que te hieren la piel y disfrutar la alegría hasta tocarla por una risa distante que te atraviesa el espíritu como una bala perdida.

Es algo que te envuelve cuando menos te lo esperas, que te abraza, te cubre y te moja como el mar a la arena de la playa. Se entierra muy hondo, echa raíces en ti y entonces ya no te deja ir.

Es la materia de la que están hechos mis amigos los poetas, que ven la vida con las entrañas y que, con sus letras, las que encierran todos los sentimientos que habitan bajo el cielo, la convierten en dicha o sufrimiento. Ellos llevan el alma en las manos, expuesta a toda la angustia y a toda la esperanza.

Es lo que ablanda los corazones de piedra, es capaz de derretir el hielo de los polos y saciar con sus aguas al sediento. Además, agudiza los sentidos, una imagen tocará las almas, una canción será evocadora al activar las trampas del recuerdo y un aroma tendrá el poder de transportar las mentes en el tiempo y el espacio a momentos y lugares entrañables.

Es una enfermedad que se contagia de la suma de todas las emociones. Es un don o una maldición, no lo sé, pero estoy segura de que recubre de humanidad a quien la padece, haciendo de él una persona mejor.

Quienes han sido tocados por la varita mágica de la sensibilidad, viven “con el mundo adentro y el corazón afuera” (*).

(*) “Los hijos infinitos”, poema de Andrés Eloy Blanco.

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