Enciende su curiosidad

Termina el primer lapso de evaluaciones de un colegio cualquiera en algún lugar del planeta, los detalles carecen de importancia, tan es así que dejan de serlo en la medida en que esta situación se repite a diario a lo largo y ancho de los cuatro puntos cardinales.

Un alumno de tercer grado suspende todas las asignaturas. Cuando llega a su casa se inicia una escena tantas veces representada: regaños, gritos, amenazas, suspensión de privilegios –juegos, tele, salir a jugar-, todo esto en medio de monólogos de diferentes épocas y tenores, en los que se repiten frases sobre el estudio, el aprendizaje y el alto rendimiento académico como vías para garantizarse un buen porvenir, el habitual está integrado por: un buen empleo, vivienda, jubilación, etcétera.

Un par de días después la escena se sumerge en el olvido al compás del sonido del balón rebotando contra una pared en la calle y la vida sigue. Quedan dos lapsos por evaluar y las calificaciones finales del curso, la representación del mismo drama urbano se repetirá, por lo menos, tres veces más hasta la llegada del verano. Y es tan injusto, tan absurdo, tan agobiantemente repetitivo.

Desglosemos los argumentos parentales, esos que inician con la muletilla de “es que en mis tiempos yo estudiaba sin necesidad de que mis padres me obligaran”. En aquellos tiempos pasados, no siempre mejores, las únicas distracciones de un niño eran la televisión, con una programación bastante aburrida, y salir a jugar a la calle. Terminaba haciendo los deberes –gracias a los cuales reafirmaba las explicaciones impartidas en el aula- en muchos casos, por no morir de aburrimiento.

Hoy en día la realidad es muy diferente, un niño tiene a su alcance juegos de video, Netflix, tik-tok y montañas de información y entretenimiento extraordinarios, diseñados para mantener a sus usuarios como autómatas tras las pantallas eternamente. Cabe destacar que la consola de juegos de video se la regaló quien hoy lo reprende con dureza por no estudiar, para que el niño se entretenga y no moleste.

Todos esos discursos donde se mencionan temas abstractos como “futuro/empleo/porvenir” son totalmente incomprensibles para un niño, porque son ajenos a él y a su realidad. Él tiene un hogar, una habitación, comida en la mesa, un PS4 y un balón de fútbol, ¿qué puede salir mal?, sus necesidades están cubiertas y según su limitada visión de la vida siempre será así, razón por la cual esos argumentos se estrellan contra un lógico muro de incomprensión.

En cuanto al tema de “perder/aprovechar” el tiempo, si un niño no ha tenido la fortuna de crecer en un hogar estructurado y organizado, donde existan horarios y rutinas cooperativas destinadas a garantizar su funcionamiento, pues es lo mismo que si le explicaran la teoría de cuerdas de Einstein: quedará en la inopia más absoluta.

Si al menor se le asignan en el hogar tareas acordes a su edad –poner la mesa, lavar su plato, recoger su cuarto, sacar la basura, cepillar al perro- asimilará el concepto de responsabilidad de forma natural, como aquellas cosas que él tiene la obligación de hacer, se acostumbrará a ser responsable. Estudiar y hacer las actividades asignadas en el colegio será lo normal: primero dará pequeños pasos y luego empezará a correr, sin darse cuenta se hará hábito.

El niño protagonista del drama urbano crecerá, se convertirá en adolescente y, de alguna manera, logrará culminar el ciclo colegio/instituto con un pobre desempeño académico. Sus padres se escudarán entonces tras razones conductuales con frases manidas tales como “es que nunca le gustó estudiar”, “es que no hace caso”, “es que no es como x, el hijo del ingeniero, ese sí que es listo” o “no es justo, me mato trabajando para que no le falte nada y no se esfuerza, ¿qué va a ser de él cuándo yo no esté?”

Citar a la injusticia como argumento en el tema que nos ocupa es muy válido, y es que los hijos son sometidos a situaciones totalmente injustas por padres que seguramente darían la vida por ellos en cualquier momento sin pensárselo dos veces, pero que son incapaces de entenderlos, que no comprenden que cuando decidieron tener un hijo era para toda la vida y que es su responsabilidad construir con ellos un futuro a base de momentos, ejemplo y acompañamiento. Los niños son como esponjas, absorben todo lo que ocurre a su alrededor aprenden en base a la imitación a hablar, a caminar, a comer, a razonar, a ser personas y el modelo que imitan es el que sus padres les proporcionan.

Para enseñar a un niño a vivir hay que ver el mundo a través de sus ojos y relacionarse con él en términos que él comprenda. El futuro y la conveniencia de una educación son conceptos abstractos que no significan nada para él, pero si, por el contrario, estimulamos su curiosidad para que intente investigar y comprender, descubrir por sí mismo los misterios de la vida a través, por ejemplo, de un germinador de semillas, cuando vea crecer sus plantas la experiencia desatará su curiosidad y lo introducirá al campo de la investigación. Ese pequeño descubrimiento avivará su interés por entender el mundo que le rodea y las maravillas que ocurren a su alrededor. Tendremos en casa a un futuro científico al que no habrá que obligar a hacer los deberes.

Qué tal si la próxima vez que aparezca en casa un camino de hormigas en vez de cubrirlas de insecticida animamos al niño a seguir su recorrido. Descubrirá entonces que viven en un nido. Prolonguemos la actividad más allá, hasta el parque, donde podrá verlas en su ambiente natural e interesarse por lo que ocurre bajo la tierra, en los hormigueros, un mundo oculto a sus ojos, donde encontrará millones de cosas nuevas.

Por qué no convencer a los niños de que las tablas de multiplicar son una herramienta destinada a facilitarles la vida, en vez de un enemigo, tan solo hay que explicarles cómo funcionan. No ganan nada memorizándolas y repitiéndolas como loros sin comprender su propósito. Una vez que haya comprendido su funcionamiento, podrá aprendérselas cantando, o mediante viejos trucos como el de la tabla del 9, que funciona del 2 al 9 anotando en forma correlativa “los números que no me sé” -1,2,3,4,5…- y luego a la inversa, del 9 al 2.

Fomentar en los niños los hábitos de estudio cuando son pequeños es sencillo, divertido y está al alcance de todos, dado que en primaria se manejan conceptos básicos. De esta forma, si los apoyamos a una edad temprana, cuando los contenidos educativos se vuelvan más complejos, nuestra ayuda ya no será necesaria, porque sabrán cómo enfrentar la situación por ellos mismos.

Por el contrario, si no se refuerza su educación durante la primaria, cuando crezcan y se debatan con óxido reducciones, trigonometría o polinomios será mucho más difícil para sus padres ayudarlos y es posible que, incluso, se generen situaciones delicadas que algunos padres no sepan manejar. En el mejor de los casos buscarán un tutor, pero es posible que algún padre salga herido en su amor propio o, peor, tema perder autoridad ante su hijo, al no estar en capacidad de ayudarlo.

Los hijos son nuestro legado, enseñémosles a vivir…ellos se encargarán de lo demás, a su debido tiempo.

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