Diarios de una viajera (4)

Tres cosas en común tenían muchos de los inmigrantes que llegaron a Venezuela a medidos del siglo pasado: empezaban el relato de su travesía con el año en que llegaron y el nombre del barco en el que hicieron el viaje, tenían la firme intención de regresar a su tierra y, en tercer lugar, querían darle a sus hijos el nivel de educación al que ellos no habían tenido acceso; las guerras mundiales, civiles y coloniales complicaron bastante el panorama educativo en el viejo continente.

Gracias a la primera conocí nombres de barcos tan particulares como el Marqués de Comillas o el Virginia de Churruca, que hacían la ruta España-Venezuela en un mes. La segunda premisa no se dio en muchos casos, porque, o bien fueron seducidos por el embrujo del paraíso tropical donde había trabajo y oportunidades para todos, con un clima perfecto y belleza por doquier, o debido a que la tercera premisa obró en contra de sus planes de retorno.

Quizás sus primeras intenciones al arribar a Venezuela se vieron desdibujadas por ambas circunstancias, muchos afirmaban después de vivir un tiempo en el trópico que no se sentían con la fuerza necesaria para soportar el crudo invierno europeo, pero creo que al postergar su estancia para que sus hijos culminaran su educación su tiempo de regresar pasó. Sus cálculos omitieron un detalle crucial: al estar en posesión de un título universitario serían los dueños de sus destinos, trazarían su propia trayectoria de vida y a esas alturas habrían enterrado muy hondo sus raíces en esa Tierra de Gracia.

Desde el siglo XIX la educación primaria y secundaria en Venezuela es gratuita y obligatoria, la universitaria también es gratuita. Aunque existen universidades privadas, las mejores y más reconocidas en el mundo son las públicas. Entre ellas destacan la Universidad Central de Venezuela (UCV), la Universidad Simón Bolívar (USB), la Universidad del Zulia (LUZ), la Universidad de los Andes (ULA) y la Universidad de Oriente (UDO), con áreas de competencia diseminadas a lo largo y ancho del territorio nacional. Cabe destacar que algunas, como la UCV, tienen núcleos educativos diseminados en diferentes regiones del país.

Tuve el privilegio de estudiar en la primera de la lista anterior, la Escuela de Idiomas Modernos de la Facultad de Humanidades y Educación me formó como traductora e intérprete. Todos mis profesores eran hablantes nativos, salvo el de fonética de francés, oriundo de Coro, capital del estado Falcón, quien, gracias a una beca, estudió en la Sorbona, donde también fue profesor hasta su regreso. Otra excepción era una de las profesoras de inglés, oriunda de Chile, ella llegó a Venezuela huyendo de la dictadura, por la persecución desatada contra los educadores, actitud característica y recurrente de los regímenes totalitarios.

Recibí clases de ingleses, norteamericanos, franceses y belgas. Con frecuencia nos hablaban de la importancia de aprender idiomas y de cómo estos nos podían llevar a trabajar a cualquier lugar del mundo. Recuerdo que nos invitaban a soñar con participar como intérpretes en la sede de las Naciones Unidas y, ciertamente, al entrar al cafetín y cerrar los ojos sentíamos que estábamos en el lobby de ese magnífico edificio neoyorquino, porque los profesores se agrupaban en mesas por lenguas afines y entonces escuchábamos a la vez inglés, francés, italiano, ruso y alemán. Era una sensación extraordinaria que invitaba a soñar.

Los orígenes de mi universidad se remontan a los tiempos de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, en 1721 y de ella egresaron personajes importantes, tales como Francisco de Miranda, Don Andrés Bello, Andrés Eloy Blanco, el doctor José María Vargas, el doctor José Gregorio Hernández, recientemente declarado beato por la iglesia católica y Rómulo Gallegos, entre muchos otros. Recibí una gran sorpresa cuando encontré el documento que aparece en este enlace http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/autoridad/145900

La ciudad universitaria de la UCV abarca un espacio de poco más de 200 hectáreas, con un área construida de 164. Sus extraordinarios edificios y corredores con cubiertas de concreto (hormigón) en ángulos y extensiones imposibles constituyen no solo un alarde de ingeniería, sino además un conjunto arquitectónico notable, diseñado por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva. En su conjunto de obras modernistas se integran el urbanismo, el arte y la arquitectura. Fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en el año 2000. Los invito a descubrirla a través del siguiente enlace https://coleccioncisneros.org/es/editorial/featured/la-ciudad-universitaria-de-caracas-las-formas-que-nos-sostienen

Es precisamente en las universidades de Venezuela donde mejor se puede apreciar el poco valor que el régimen actual le concede a la educación. Con dolor he visto el deterioro de mi alma mater, iniciada durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, terminada en democracia y asfixiada en socialismo. Recibe un presupuesto anual deficitario, vergonzoso, con el que apenas se cubre el pago de salarios a profesores y empleados, que como la sal -de donde proviene el término- se escurre entre sus dedos, en medio de una economía hundida.

La vida universitaria es una chispa que enciende la mecha de la creación en la mente humana, es ese momento en el que todo es posible. Aquellos jóvenes que encarnaban los anhelos y el orgullo de sus progenitores nacidos del otro lado del mar conformaron una nueva generación, la de los de hijos de América -todos lo somos- y con su trabajo y esfuerzo contribuyeron a la construcción de un país moderno y destacado en el panorama mundial hasta principios del siglo XXI.

Pero no pudieron continuar. Los nacidos después fueron despojados de su futuro antes de llegar a él, se vieron impedidos de continuar con una labor que no debería acabar nunca, la construcción y modernización de su casa grande. Les cambiaron el país, pero no pudieron destruir sus sueños.

¿Alguna vez han soplado un Diente de león? Si lo han hecho sabrán que sus semillas se esparcen lejos, hasta donde las lleven los vientos de cambio que los arrancan de su centro. Hoy nuestros estudiantes -muchos de ellos a la espera de la homologación sus títulos- están desperdigados por el mundo, intentando labrarse un porvenir en libertad, con coraje y entrega.

Con la urgencia de tener derecho a construir un futuro próspero en libertad, una inmensa cantidad de profesionales ha abandonado el país. Intentaron torcer la voluntad de un sistema de gobierno déspota y autoritario, que desprecia la educación y la meritocracia como vías para lograr el éxito personal, durante las protestas del 2014 y 2017.

Con sus escudos de cartón, las manos pintadas de blanco y un espíritu indomable se echaron al hombro el descontento de una población cada vez más acuciada por las carencias inducidas por los gobernantes del país -con el único propósito de arrodillar a sus habitantes, de mantenerlos ocupados intentando sobrevivir y de evitar que se atrevieran a alzar la voz contra las injusticias- y tomaron las calles para exigir soluciones a los problemas de todos.

Aún recuerdo la angustia con la que esperábamos esa especie de parte de guerra en el que cada tarde nos informaban cuántos habían muerto, cuántos habían sido detenidos, torturados y vejados por rostros ocultos detrás de uniformes, con el anonimato que garantiza la impunidad, que los dota del poder de segar la vida de jóvenes indefensos en crímenes sin castigo.

Pero como dice Violeta Parra en su canción «Me gustan los estudiantes», no se rindieron, capitular a sus derechos no les es posible. Ellos nacieron libres, en un país libre y solo de esa forma pueden vivir:

«Que vivan los estudiantes
Jardín de nuestra alegría
Son aves que no se asustan
De animal ni policía

Y no le asustan las balas
Ni el ladrar de la jauría
Caramba y zamba la cosa
Qué viva la astronomía!..»

Un abrazo enorme para todos nuestros muchachos que hoy están regados por el mundo, trabajando con dignidad y corazón, manteniendo la solidaridad y la sonrisa en el lugar en el que se encuentren, porque ellos no se arrodillan ante nadie.

6 Comments

  1. Brillante entrada!! en la que denuncias la realidad lamentable, que esta viviendo el hermano pueblo venezolano!! Como profesional; egresado de la Universidad de Buenos Aires, mientras leía tus claros comentarios en cuanto al sistema educativo de tu país, idéntico al de la Argentina -creí ver como un efecto «espejo»-. El totalitarismo, dictadura o como quieras llamarle a un poder central , que denota una total y brutal indiferencia a la educación del pueblo, se niega a sí mismo la fuente de recursos humanos, que serán la base del crecimiento futuro del país. Un cálido saludo.

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    1. Gracias, Joiel, por leer y comentar. En mi casa grande alguien borró la fina línea que separa la distopía y la realidad, o como decía un viejo slogan publicitario de los rojos: «lo cotidiano lo hacemos extraordinario», cosas como vivir, comer, tener luz, agua, esas cosas cotidianas las hicieron extraordinarias.

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