No voy a hablar del covid

Un reencuentro en primavera en Madrid

No, no voy a hablar del covid, de lo que sí quiero hablar es de sus efectos, nefastos para las relaciones humanas, porque las despoja de su calidez. Cuando esta pesadilla del covid empezó, yo estaba preparando un portafolio con los artículos científicos que había escrito hasta entonces, como tarjeta de presentación para clientes potenciales. Ansío vivir de escribir y la idea de vender artículos de divulgación me atrae…y mucho. En ese momento me dije: no escribiré sobre el virus, porque miles de personas lo van a hacer, gente conocida por los medios y a mí aquí no me conoce nadie, entonces, ¿cómo destacar en ese campo?, ¿qué de nuevo puedo aportar yo? Era una pérdida de tiempo.

Continué investigando y escribiendo sobre el medio ambiente y así vio la luz mi pequeño Frankenstein https://mibitacoradigitalirenedesantos.com/2020/11/06/example-post-3/, entre otros. Esta pesadilla llegaría un día a su fin y para entonces yo tendría algo diferente que ofrecer, mientras la mayoría de los escritores se había enfocado en el tema de moda. (¡ja!, bien por mí).

Había llegado en julio de 2019 y andaba por la vida feliz, ensimismada contemplando y disfrutando la cotidianidad española, como un niño que llega a un lugar y, desde su perspectiva, lo percibe como algo enorme, fantástico. Quizás el contraste de ver gente alegre, animada por algo tan simple como sentarse en una terraza con una caña, una tapa y una sonrisa, en contraposición con las miradas veladas muchas veces por la tristeza, otras por la ira, la desconfianza, el odio y las limitaciones impuestas que había dejado atrás, me hacían magnificar ese día a día español, tan intrínsecamente relacionado a su idiosincrasia.

Una terraza con una tapa, una caña y una sonrisa

La calidez, el abrazo fraterno de esta bella ciudad y de la familia que me acogió como a una más me devolvió la perspectiva de la realidad. La niña creció y vio al mundo en sus proporciones justas y reales, lo maravilloso se volvió cotidiano. Disfruté el verano eterno de Santa Cruz y a la familia de Madrid la postergué para la primavera.

Vista satelital de las Islas Canarias.

Acostumbrada a latitudes más cálidas, cometí la torpeza de no ir a verlos enseguida, idealicé un reencuentro en primavera, ¿puede haber un momento mejor para un reencuentro que la primavera? No lo creo. Debí visitarlos justo después de terminar los trámites burocráticos que encauzarían mi segunda vida, esta que estoy viviendo ahora en España. Debí abrazarlos mientras era posible. Y entre aplazamientos ocurrió: llegó la pandemia y perdimos nuestro bien más preciado, la libertad.

Ahora Madrid es más pequeña, falta uno, alguien a quien no veía desde hace tiempo. Nos quedamos con las ganas de vernos, de compartir una velada, de intercambiar confidencias. Extrañaré su abrazo, los consejos que no llegó a darme, su expresión al conocer a mis hijos. Quiero ir a Madrid, pero la ilusión ya no es la misma, me pesa su audiencia, me abruma. Me supera.

Justo cuando había logrado dominar el arte de los dos besos sin hacer cabriolas contorsionistas (nosotros damos solo uno), apreciar la calidez de los abrazos familiares, sentir un corrientazo de esperanza en un apretón de manos, llegó esta pandemia y nos quitó eso, la calidez de las relaciones humanas. Qué incómodo es no poder besar a alguien al saludar, no poder darle un abrazo. Las miradas congeladas sin saber qué hacer, esquivas, tristes. Eso es lo que nos ha dejado el covid, la cotidianidad destrozada, la idiosincrasia herida, la pérdida de todo lo que dábamos por sentado. Una vida incómoda.

Decidí no dejarme vencer, no postergar mis objetivos y me lancé a la vida Online. Participé en un seminario sobre novela negra, buscando orientación profesional para mi próxima novela, del cual obtuve muy buena información, el panel fue de lujo, a través de la frialdad de mi monitor. Hice un curso de WordPress, que todavía me da bastantes dolores de cabeza, abrí este sitio, me dediqué a nutrirlo de contenido y me empezaron a pasar cosas buenas: recibí la visita de blogueros increíbles, gente excepcional: escritores, poetas en todos los idiomas, mi querida Filipa, de malinha pronta, Marc Mellado, el joven poeta que está a punto de lanzar su poemario, PAQUERITE, fotógrafos, amigos virtuales que me han acompañado desde entonces. Mi primer seguidor fue riol.angel con su ADICCION INNECESARIA. Todavía no sé cómo ocurrió el milagro…y tampoco quiero desvelar la magia del ciberespacio.

Gracias a todos por leerme y por compartir tan generosamente sus creaciones con el mundo, y particularmente conmigo. Me he nutrido de ellas, he estado menos sola. Espero que cuando recuperemos la libertad nuestros caminos se crucen y podamos abrazarnos.

No posterguen un abrazo. Nunca.

A la memoria de Pedro Vázquez, 
mi querido tío Pedro.
Descansa en paz.

3 Comments

  1. Gracias por su artículo Irene,
    Me hace mucho bien.
    Mi moral está baja y sentir tu calidez en el hilo de tus palabras me da esperanza. Al igual que contigo, esta covidumbre está empezando a ponerse realmente pesada. Extraño el vínculo social, esos cálidos abrazos que me encantaba regalar …
    Y veo que la moral es tan mala que todos fallamos en actualizarnos unos a otros. Es como si presionáramos nuestras dos manos y un poco más fuerte para que nuestra cabeza se hunda mejor en el agua …
    Me aferro a la dulzura de la primavera, a la suerte que tengo de tener un jardín, a la simple felicidad de estar con mis hijos y mi esposo, y a la secreta esperanza de que todo esto termine pronto.
    Más allá de los problemas económicos que genera esta crisis, las relaciones entre los seres humanos se empañan, toman la apariencia de pasteles marchitos …
    Un ramo sin agua, descuidado…
    Le abrazo fuertemente
    Corinne

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