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Picasso quería romper la perspectiva, hacerla volar por los aires y presentar la realidad desde múltiples puntos de vista al mismo tiempo. Su objetivo era plasmar la realidad, pero representándola desde diferentes ángulos a la vez, contraviniendo la norma, dibujando en un mismo plano los distintos puntos de vista de varios objetos en una sola imagen.

Con sus pinceles, una profunda inconformidad con el trabajo apreciado en su época y mucho valor rompió la visión natural de las cosas, desarrollada hasta entonces en la perspectiva cónica, aquella en la cual el tamaño de los objetos disminuye al alejarse del observador y las rectas paralelas que lo componen convergen en un punto llamado foco, situado en la línea del horizonte. El resultado de su empeño fue el cubismo.

El pintor dispone del color y la técnica para representar su visión del mundo, pero ¿puede el escritor romper la perspectiva o hilo narrativo de su historia sin que su obra pierda la inteligibilidad?, ¿de qué herramientas dispone para lograrlo?, ¿tiene alguna?

Voltaire lo complicó un poco más cuando dijo que “la escritura es la pintura de la voz”, lo que viene a ser, palabras más, palabras menos, algo así como que el escritor debe pintar el mundo con palabras, sumando en ellas color y sentimiento, pero, ¿cómo imprimir color a un relato?, ¿Cómo trasladar al papel el sentimiento de la voz?

El escritor trabaja con palabras, unidades lingüísticas dotadas de significado que adapta a sus necesidades. Verbos, adjetivos, sustantivos, preposiciones y demás se dan cita en las páginas de un libro y nos cuentan una historia de la mano de su creador. Adicionalmente dispone de signos de puntuación, comodines con los cuales modula el tono y el ritmo de la historia y, además, da coherencia al texto, como lo hacen, por ejemplo, los guiones que nos permiten apreciar que estamos leyendo una conversación y diferenciar lo que dicen sus participantes.

Cuenta también con el narrador, que puede ser en primera persona, con lo cual logra un efecto de intimidad con el lector, omnisciente, el que lo sabe todo, está en todas partes y puede resolver todas y cada una de las incógnitas del relato y el narrador testigo, aquel que no va más allá de lo que ve y asume el papel de un espectador.

Los tiempos también juegan un papel importante en la narración. Encontramos relatos donde el presente y el pasado se alternan y otros que siguen una cronología lineal y ordenada.

Pero los grandes de la literatura van más allá, son capaces de imprimir con sus palabras emociones, sensaciones o sentimientos en la mente del lector, de halarlo hacia adentro de la historia y conmoverlo. Rompen paradigmas y normas, barren con los estilos formales y logran joyas de la literatura:

Mario Vargas Llosa, “La muerte del chivo”: al principio de la historia las descripciones son extensas y cargadas de adjetivos. No hay escena sin un flamboyán en flor o una alfombra de flores rojas y amarillas de este árbol. La blanca espuma de las olas baña las piedras del malecón, su estruendo embriaga los sentidos, todo adornado, bello y sonoro. Sin embargo, cuando capturan a los perpetradores del atentado el lenguaje cambia por completo. Adopta entonces el escritor la crónica periodista y el texto adquiere el tinte de una noticia de la sección de sucesos. Desaparecen los adjetivos. Simplemente nos dicen qué pasó, adónde llevan a los detenidos, qué hay en las salas de tortura; no se mencionan los gritos desgarradores, pero sabemos que están allí: nuestra mente los ha creado y por eso nos calan más hondo. El resultado: eriza la piel.

José Saramago, “Ensayo sobre la ceguera”: desde el mismo primer párrafo imprime una sensación visual poderosa, a través de su narrador testigo. En él se desarrolla una escena que resume una parcela de cotidianidad citadina en torno a los colores que en ella aparecen y su significado: amarillo (precaución), rojo (detenerse), verde (seguir), en contraste con las líneas blancas sobre negro del paso de cebra, todo en contraposición con la ceguera blanca que paraliza a los personajes de la novela.

Laura Restrepo, “Delirio”: esta escritora colombiana logra que el delirio se instale en la mente del lector mediante la supresión de los signos de puntuación y/o su cambio de uso. El lector sabe que está en presencia de un diálogo cuando encuentra una mayúscula después de una coma: no aparece ni un solo guion en toda la obra. Por otra parte, la novela no está estructurada en párrafos, sino, más bien, en bloques narrativos largos y densos, con alternancia de narradores, a veces en un mismo párrafo. Esta ruptura con las formas obliga al lector a cuestionarse sus capacidades de lectura y de comprensión del idioma. Al tener que releer las oraciones más de una vez para comprenderlas, el lector traslada esa sensación de delirio a si mismo, se impregna de ese delirio que acucia a Agustina, la protagonista de esta historia.

El escritor cuenta con herramientas para conmover al lector, la literatura y el idioma se las dan, están allí, solo tiene que atreverse a romper las cosas y reacomodarlas según sus intenciones. Él decidirá si va más allá de contar una historia; puede conectar con las emociones del lector y lograr que este la sienta y la haga suya. Esa es la clave: no conformarse con menos.

10 Comments

  1. En la perspectiva que cada uno tenga de ella, en la visión individual que siempre aporta algo nuevo, sea en el arte/oficio que sea. Gracias por comentar, me alegra que te haya gustado. Abrazo.

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