La indiferencia

Ignorar lo que ocurre en su interior, hacerlo a un lado. Estorba, no le permite pensar con claridad y la supervivencia demanda mantener la cabeza fría. Ocultar sus sentimientos de todos, hasta de ella misma. Taponarlos en el fondo de su alma para que no se noten.

Coserse una sonrisa a los labios, o un ceño fruncido a la frente; comodines utilizados a conveniencia frente a situaciones distintas.

Olvidar.

Terminales de sentimientos atrofiados, sensores partidos, inhibidos durante tanto tiempo que ya no se pueden reparar. Ignorar, guardar y ocultar son las mejores armas, le decían los consejos huecos, sin advertir que estas deben ser estrategias de corta duración, porque de lo contrario crean callos gruesos en el corazón y lo oprimen hasta que este olvida sus diferentes latidos, los que provienen del miedo, del placer, de la compasión, de la ira. Todos son distintos, pero el corazón ya no lo recuerda.

Solo vibra ante los opuestos absolutos, la alegría y la tristeza, pero no las propias, esas están rotas, sino aquellas que sorbe de los otros a través de miradas furtivas. Captura su esencia y la atesora, aunque no pueda identificarla o reproducirla. Debe ser algo bello, piensa antes de girar la llave del cofre donde guarda sus tesoros.

Sin embargo, y a pesar de todo, aún destilan sentimientos confusos a través de los jirones de su corazón.

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