Diarios de una viajera (1)

La palabra emigración es extraña, se desdobla en dos facetas, como un ente y su reflejo en el espejo. Quien la invoca será una de ellas dependiendo de su ubicación geográfica. Así, desde su punto de salida quien ejecuta la acción es un emigrante, pero en el de llegada será un inmigrante.

Supongo que la palabra migración, de uso cada vez más generalizado, vino en auxilio de los peregrinos para resolver el problema. A mí no termina de gustarme; me recuerda demasiado a otra palabra también asociada al proceso de cambio de residencia, migraña, pero por razones distintas, refiriéndose esta última a las consecuencias que puede producir en el individuo cambiar de país, mientras que la primera está relacionada con el proceso de emprender el viaje con la vida entera metida en una maleta.

Parece un trabalenguas, pero no lo es y, sin importar si se está en la casilla de salida o en la de llegada, las cefaleas siempre estarán presentes.

Siempre quise vivir cerca del mar. Quizás fuera ese deseo el que terminó guiando mis pasos hacia mi ubicación actual, pero lo cierto del caso es que nunca me imaginé que terminaría viviendo a orillas del Atlántico, mis fantasías me llevaban más bien hacia el Caribe. Sea como sea, me encanta vivir en la costa.

Me enamoré de la playa desde niña, cuando pasábamos los fines de semana en la casa de la playa. Para mí, que nací en una ciudad rodeada de montañas, el mar fue todo un descubrimiento. Nunca sospeché que la hermosa montaña que cobijaba mi valle era capaz de contener la infinita masa del océano y la fuerza del viento que lo acompaña. Para mis ojos eran los tonos de verde los que abarcaban la vida entera, pero más tarde descubrí que el mundo tiene muchos colores más y que, en realidad, el más abundante es el azul.

Para llegar a la casa de la playa había que tomar la autopista y atravesar tres túneles. El segundo era larguísimo, pero después del tercero ocurría el milagro: el extraordinario Mar Caribe, azul, plácido e inmenso se desplegaba ante mis ojos. Los días cuando hacía viento venía cargado de borreguitos blancos, otras era solo él y todo su encanto azul cobalto. Después de atravesar esa última montaña, que era como cruzar un umbral hacia otro mundo, la luz era distinta, más potente y el aire olía a sal y a vacaciones. Esa es otra de las cosas maravillosas de vivir en la costa, la sensación de un vacacionar eterno.

Solo había que cruzar la calle para sentir la arena blanda y cálida bajo los pies. Eran días deliciosos, que pasaban entre las empanadas calientes y el pescado frito con tostones de la señora Elvia y las espetadas que preparaban mis tíos, después de lograr el punto perfecto del carbón para hacer la carne. Ahí descubrí el pan gallego para acompañarlas, aprendí a mojarlo en el juguito que suelta la carne y empezó mi romance con el aguacate, mismo que continúa hasta el día de hoy…

Continuará

15 Comments

  1. Me ha encantado por dos motivos; la introducción donde versas sobre tu mirada desde la dicotomía inmigración/ migración con esa cuña particular que insertarse como “migraña”. Lo segundo; es la bella narrativa de una persona que se sorprende a cada paso, saliendo de su terruño y viviendo decenas de experiencias plenas de luz…Un cálido saludo.

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  2. Para los que hemos crecido en el interior, el viaje al mar era obligado cada verano. He aprendido a amar la montaña y el mar. Haciendo compatibles las emociones que ambos despiertan en mi. Tu introducción sobre los migrantes con e o con in delante me ha gustado. Un abrazo.

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