Diarios de una viajera (2)

Gracias a las amistades pronto entendí que mi playa no era ni la única, ni la mejor, ¿cómo podía serlo en un paraíso bañado por el Mar Caribe a lo largo de 3.726 kilómetros de costas, distribuidos entre islas y tierra firme? Imposible. Dato curioso, me resulta muy difícil orientarme porque donde yo crecí el mar siempre estaba al norte, y los demás puntos cardinales venían por añadidura. He tenido que aprender a seguirle el rastro al sol, partiendo desde el punto donde emergen los primeros síntomas del amanecer.

Todo queda lejos en mi casa grande, a los mejores parajes se llega después de horas interminables de viajes por carretera. Es imposible ir y volver en un mismo día, entonces descubrí la maravillosa experiencia de acampar bajo las estrellas, y cuántas había, millones y, además, estrellas fugaces, esas a las que se les piden deseos, aunque creo que las mías vinieron averiadas o ya se les habían acabado los deseos cuando yo las encontré, porque no me concedieron demasiados, o, al menos, no los más importantes.

Aprender a instalar la tienda de campaña y a hacer una fogata me permitió conectarme con la naturaleza a otro nivel, uno más íntimo y apreciarla más. Hace frío en la playa de noche, cosa que supe por las malas en mi primera excursión y que resolví acercándome al fuego. Las soluciones a los problemas de entonces eran sencillas; los problemas también lo eran. Por otra parte, quizás no era tanto el frío, sino que los caraqueños somos friolentos, sensibilidad adquirida al vivir en un valle con un clima perfecto todo el año, con pocas oscilaciones de temperatura.

Recorrer el país por carretera era una forma de entretenimiento muy popular entonces, dado que era accesible para todos los bolsillos. No importaba cuántas veces fuera necesario repostar, durante décadas disfrutamos la gasolina más barata del planeta. Abastecerse de provisiones tampoco era difícil, parte de la aventura era detenerse en los quioscos a pie de carretera, con los que fuimos haciendo un mapa gastronómico a través del boca a boca, el mejor medio de publicidad. En esos expendios vendían verdaderas delicatesen: arepas, empanadas y tostones exquisitos, rellenos de aventuras inimaginables, como ensalada de gallina con aguacate –reina pepeada-, carne mechada con queso amarillo rayado –la pelua-, calamares o la popular “dominó” –caraotas (judías) negras con queso blanco rallado…a todo le queda bien el queso blanco rallado.

Pero la amalgama que hacía que todos esos prodigios y muchos otros más fueran posibles era el bien más preciado que tuvimos y perdimos: la paz, que más que un estado era un sentimiento, una forma de vida que la impregnaba despojándola de maldad, que nos cubría con un manto de libertad gracias al cual era posible detenerse en cualquier lugar, por más remoto que fuera, a contemplar un atardecer o instalar un campamento improvisado, o en caso de sufrir algún percance animaba a quien pasara por allí a detenerse a ayudar, sin que ninguna de las actividades anteriores representara peligro para la vida o los bienes materiales. Eso es la paz, la libertad que proviene de la ausencia de miedo.

Pero eso fue hace mucho, mucho tiempo, yace atrapado en el mundo de los recuerdos.

Continuará.

11 Comments

  1. Brillante entrada!! Has logrado emocionarme: al cruzar tu relato quizás de joven adolescente, recorriendo tu país con las vivencias propias que uno tiene, en donde solo cambia en algunos casos el lenguaje por el ingenio popular, de hablar español y no el genuino castellano. Das además una vibrante narrativa a tus experiencias y de lo popular de tu país, algo que ni tu ni yo podríamos repetir seguramente en esta sociedad no tan amable. Eso sí, te elegiría como mi capitana, ya que has sabido guiarte por el sol. En cuanto a los deseos, que muchas veces son ilusiones, si le dices a tu mente -entrénala para ello- fervientemente que lo que buscas se cumpla, a la larga o a la corta, lo tendrás. Un cálido saludo.

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