Legítima defensa

Porque no es necesaria la presencia de un cadáver para saber que la muerte no descansa, ni hace falta un arma para matar un corazón, clamo por el derecho a la legítima defensa de mi esencia, de lo que soy, de quien soy, porque estar vivo no es solo respirar, caminar, comer y dormir, es también soñar, amar, sentir…

Vengo en legítima defensa de las ilusiones, de las batallas perdidas, de quienes se lanzan al mundo llenitos de miedo y, aun así, poco a poco logran avanzar…empezando por mí.

Clamo por mi derecho a ser yo, a mostrarme a cielo abierto tal cual soy, porque a nadie ofendo, a nadie debo, a ser respetada por ser quien soy y por lo que soy…no me quieras, solo respétame.

Clamo por el derecho a defender el arrebol de cada amanecer con la convicción del tiempo, porque entre sus colores se encuentran mis ilusiones.

Clamo por el derecho a la añoranza que acuna entre sus brazos la esencia de lo que soy.

Clamo por el derecho a defender mis sueños, los que llenan de vida mi corazón.

Clamo por el derecho a recibir lo que he dado, lo mismo, a partes iguales, porque es justicia, es humanidad…es equidad. Defiendo mi derecho a no ser relegada a un rincón o, peor aun, a un cajón como una muñeca rota, porque sí, las muñecas se rompen, se gastan de tanto manosearlas, muchas veces sin sentido, pero también se pueden reparar; es posible pintar de nuevo en ellas una sonrisa bonita.

Clamo por mi lugar en la historia, porque, por muy pequeño que sea, por muy pequeña que esta sea, son míos y me los he ganado a pulso.

Clamo por mi derecho a ser libre y saltar distraídamente feliz por cada etapa de mi vida, como aquella niña a la que le encantaba chapotear en los charcos después de la lluvia para romper en mil pedazos su reflejo en aquel espejo de cristal improvisado, como todo lo bueno que nos pasa cuando vivimos sin pensar demasiado.

Clamo por mi derecho a no permanecer sentada en mi rincón con mirada suplicante, esperando atraer hacia mí un poquito de cariño, algo de atención.

Clamo por el derecho a defender cada amanecer, cada color del arcoíris, cada mirada cómplice, cada gesto sincero dado o recibido, sin importar de dónde haya venido.

Clamo por recibir lo mismo que doy: no juzgo, no critico, ofrezco comprensión, empatía y compasión y solo aceptaré lo mismo a cambio.

Clamo por mi derecho a amar y ser amada con pasión y con ternura, con devoción, con reverencia, a desnudar mi alma a quien la haga vibrar de verdad, y a reclamar el mismo derecho para mí misma, el acceso al alma de quien aspire a poseer mi corazón.

Clamo por mi derecho a equivocarme, a aceptarlo, a reconocerlo, a pedir disculpas si fuera necesario y a enmendar mis errores en paz y con propósito, sin miradas cargadas de desdén por ello.

Clamo por mi derecho a caerme y levantarme después de cada caída, con o sin ayuda, pero sin la burla de quienes ven el mundo desde su propia arrogancia y fatuidad, almas secas adoquinadas en falsos altares perecederos.

Clamo por mi derecho a guardar silencio sobre mis actos, por mi derecho a la intimidad y el respeto a mi derecho divino a disfrutar del libre albedrío, divino regalo del Creador.

Deja un comentario