Inicios I

Hablemos de Inicios de novelas famosas, esos primeros párrafos tan importantes, cuya tarea es ser nuestra carta de presentación y atraer la atención del lector.

Para elegir un libro puedo seguir alguna recomendación, aunque la tome con pinzas, porque como dicen los principios de la Bibliotecología: hay un libro para cada lector y un lector para cada libro. No leo las sinopsis de las contraportadas de los libros cuando busco algo nuevo que leer, de hecho, huyo de ellas como de la peste. Algunas hacen un resumen demasiado amplio de la trama y no me arriesgo a que me cuenten más de la cuenta. Escapo igualmente de las reseñas.

Cuando busco un libro, después de evaluar el título y la portada leo los primeros párrafos y si me gustan el estilo, el tono y el tema me lo llevo.

No es necesario mencionar –de nuevo- la importancia de las primeras líneas de una novela. Ellas tienen la difícil misión de atraer la atención del lector y cautivarlo. Son nuestro anzuelo y la carnada debe lucir apetitosa.

A lo largo de la semana dejaré por aquí los inicios de novelas que más me han gustado en mi largo recorrido a través de este mundo de las letras. Esta ha sido una selección muy difícil. Aún ahora, antes de publicar esta entrada, dudo de si el de hoy debería ser el primero o el último de esos comienzos extraordinarios que voy a compartir con ustedes. Existen sobradas razones para ubicarlo en cualquiera de los dos extremos de la lista: un inicio magistral para esta serie o un cierre con broche de oro, aunque creo que me decantaré por el traerlo al principio.

Este es, para mí, el mejor inicio de una novela jamás escrito:

Cien años de soledad – Gabriel García Márquez

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago.

“Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja. En el indicador de paso de peatones apareció la silueta del hombre verde. La gente empezó a cruzar la calle pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra del asfalto, nada hay que se parezca menos a la cebra, pero así llaman a este paso.”

Este inicio no aparece en ninguna de las listas de los mejores comienzos de novelas y no entiendo la razón. En mi opinión, la manera en la que se sirve Saramago del color como preámbulo de lo que nos espera más adelante en la lectura de esta historia es magistral.

Este brillante escritor empieza su novela ensalzando los colores de la cotidianidad que nos rodea, entre los que discurren nuestras rutinas, los que siempre están ahí y que al igual que otras tantas cosas damos por sentado, como por ejemplo la libertad, nuestras costumbres, nuestra forma de vida, elementos todos invaluables que podemos perder en cualquier momento, algo de lo que no somos conscientes.

Veo el disco amarillo del semáforo como la salida del sol, el origen de toda la luz, ese lugar donde habitan todos los demás colores antes de ser devorados por la oscuridad al anochecer.

Después pasamos del rojo al verde y luego al blanco y negro, dos que no son colores y están definidos como total presencia y total ausencia de la luz. Luego los personajes empiezan a tropezar, a caer, a perder la facultad de llegar a casa o, incluso, de comer, al ser privados de la vista por una ceguera pandémica y repentina, bastante particular, de origen desconocido.

Y no les puedo seguir contando más. Creo que quienes hayan leído esta novela coincidirán conmigo. Los invito a compartir sus impresiones en los comentarios, a favor o en contra, por supuesto, de mi interpretación.

Quienes no la hayan leído, háganlo, pero prepárense a una experiencia fuerte. Están avisados.

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