El hombre que perseguía al tiempo

Me gusta leer libros que han reposado sus historias y han sobrevivido a las reseñas apresuradas y a las críticas literarias con fines publicitarios, esas orientadas al intransigente mundo del marketing. Por otra parte, conforme pasa el tiempo me doy cuenta de cuánta razón tienen los bibliotecarios al afirmar que hay un lector para cada libro y un libro para cada lector. Investigando encontré reseñas miserables que no le hacen justicia a esta obra. En lo personal, disfruté enormemente su lectura. Les dejo mis impresiones.

¿Es posible representar una historia de 423 páginas en una sola escena, o más bien, en una imagen? Sí, es posible, Diane Setterfield lo logró de forma magistral en “El hombre que perseguía al tiempo”, cuyo título original en ingles es “Bellman & Black”.

Al inicio de la historia la escritora presenta la proeza ejecutada por un niño al lanzar con un tirachinas una piedra a un grajo, lanzamiento que parecía imposible, dado que el ave se encontraba en un árbol a una gran distancia. Sin embargo, la piedra describe una parábola perfecta que alcanza al animal. Al avanzar en la narración nos damos cuenta de que la vida de William Bellman coincide exactamente con el movimiento de la piedra en el aire, la cual avanza hasta lograr un ascenso que podría asumirse como imposible, llega a la cúspide de su carrera y luego, al igual que el proyectil, describe un movimiento descendente. Completan esta original analogía dos muertes, la del pájaro y la del propio William.

Es una historia definida por el simbolismo, con un mensaje claro, que a pesar de estar ambientada en la Inglaterra victoriana, sigue vigente hoy en día: el protagonista intenta huir de sus vivencias dolorosas escondiéndose bajo una carga de trabajo sobrehumana que logra llevar a cabo mediante la técnica de robar a cada minuto todos los segundos que pueda. No obstante, al final su destino lo alcanza.

El estilo de la escritura es exquisito, sencillo y cálido, enriquecido, además, por una prosa que envuelve al lector de una manera sutil, haciendo de la lectura una experiencia deliciosa. Aguardé expectante 405 páginas la reaparición de un misterioso personaje, el señor Black, a sabiendas de que su llegada marcaría el principio de un final predecible…y estuvo bien, porque disfruté cada momento de esta historia muy al estilo de Dickens. Quería saber, pero mi curiosidad no me impidió disfrutar la espera.

Es una novela que, más que gustarme, me hechizó.

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