La rotonda

La Rotonda

Sentada en su atalaya, una roca grande, blanca y olvidada en la zona verde que bordea la carretera, Paola observaba con mucha atención la rotonda atrapada en su centro. Esa se había convertido en su afición desde días atrás, cuando descubrió una casona con grandes ventanales cuadrados, de líneas rectas y limpias, de un estilo sencillo y sobrio a la vez, ubicada en el corazón de esta. Alcanzaba a ver, además, una gran piscina con trampolín, rodeada de tumbonas blancas con cojines azules. A ambos lados del edificio crecía un hermoso bosque.

Paola era una adolescente con una existencia relativa: era relativamente bonita, tenía una familia relativamente normal, vivía en un vecindario relativamente agradable, en una casa relativamente buena y su vida social era relativamente animada, pero nada de esto era suficiente, ella quería más. Soñaba con la fama, el glamour y los lujos que disfrutan esos famosos intangibles, inasibles e inalcanzables que transitaban a diario por sus redes sociales sin tan siquiera dignarse a dedicarle un corazón, un pulgar hacia arriba o una carita risueña, los gestos de aprobación del momento.

Oía música, y luego risas, y después el sonido que rompe el espejo del agua cuando un cuerpo atraviesa su inmovilidad. Pasos, carreras, golpes, ruido de objetos al caer, más risas y más música envolvían aquella fiesta continua, sonidos que confrontaban sus carencias y anhelos: lujos, glamour, diversión, baile, una vida intensa sumergida en el disfrute del ser. Ahí estaba su felicidad, frente a ella, al alcance de su mano, tan cerca y tan lejos, aunque no por mucho tiempo: cruzaría la carretera y conquistaría sus sueños. Sería feliz.

Notó que una de las ramas de un árbol grande y frondoso atravesaba la vía y pensó que podría usarla como puente. Se subió al coloso, se deslizó por uno de sus brazos y cuando se encontraba a una altura considerable tristemente comprendió que ese camino no la llevaría a alcanzar la tierra prometida que la esperaba del otro lado, porque la punta de la rama yacía negra, seca y abandonada sobre la verde rotonda. Alguien debía haberla usado antes para cruzar y esta se partió.

Estudió el terreno. Tan solo dos carriles la separaban de su objetivo, pero el flujo vehicular no cesaba ni de día ni de noche y no había ningún paso peatonal por donde cruzar. Se lanzó a su aventura y un cornetazo la hizo retroceder, lo intentó de nuevo y al llegar al centro de la vía quedó atascada en medio de los automóviles, de pie en la línea blanca discontinua, contrayendo el abdomen, con los brazos en cruz, como un funambulista balanceando los brazos para mantener el equilibrio sobre un alambre. Aprovechó el gesto amable del único conductor que paró para dejarla pasar y regresó al punto de partida. Sin embargo, no pensaba rendirse, todo era cuestión de analizar la situación y encontrar una salida. Después de todo, si esas personas habían logrado llegar hasta la casa, ¿por qué ella no iba a hacerlo?

Con el paso de los días fue capaz de descubrir patrones en el desplazamiento de los vehículos. Notó que un camión rojo, grande y lento, con barandas parecidas a escaleras a ambos lados de la plataforma circundaba la rotonda dos veces al día: temprano en la mañana y al atardecer. Si lograba sujetarse de las barandas podría subirse a él y tendría tiempo suficiente para recorrer la plataforma del vehículo mientras este bordeaba la rotonda y descender a tierra por el otro lado, antes de que se incorporara de nuevo a la carretera. Solo era cuestión de valor y ganas y Paola tenía ambos.

Hizo rodar un par de piedras hasta el borde de la vía para usarlas como pedestal, con ello ganaba suficiente altura para alcanzar las barandas. El corazón le dio un vuelco cuando vio el camión aparecer, <<es ahora o nunca>>, pensó y cuando pasó frente a ella saltó, se sujetó a la madera, gateó por la plataforma y se descolgó por la baranda del otro lado, tocando, por fin, tierra en la rotonda. Se arregló la ropa lo mejor que pudo, se sacudió el polvo y se dirigió hacia la casa club.

Subió los tres peldaños de una escalinata de mármol y llegó a un vestíbulo amplio que recibía generosas dosis de claridad del exterior, una luz que le deba a los hilos de las telarañas suspendidas en las ventanas el brillo de la plata pulida. Una especie de siseo producido por pies que se arrastraban sobre hojas secas diseminadas por el suelo poco a poco invadió el ambiente, anunciando el arribo de seres que habían dejado de ser humanos tiempo atrás. Ojos en cuencas de miradas vacías, sucios, desgreñados, algunos sin camisa, otros sin dientes, cubiertos de moretones y cicatrices. Empuñando cuchillos y palos se acercaron a ella. La música sonaba sin cesar.

Paola corrió hacia el bosque y se ocultó entre los árboles, la jauría la seguía hasta que un tintineo procedente de la casa los detuvo; hora del brunch, la mesa estaba servida. Giraron al unísono y dejaron a la chica atrás, oculta entre las hojas, temblando más que ellas al ser agitadas por el paso del viento.

El silencio reinó en la casa hasta el atardecer, cuando fue roto por una voz de trueno. El jefe, un hombre alto, igual de sucio y roto que los demás, pero a quien podía distinguirse del resto porque portaba un cayado hecho con una rama negra y seca, golpeó el suelo con él para hacerse oír. Organizó la batida de caza, dividió a la caterva en dos grupos que irían al este y al oeste para arrinconar a su presa.

Paola los vio venir y se fue replegando hacia el punto por donde había llegado a la rotonda. Cuando la esperanza la abandonaba vio al camión rojo acercarse y empezó a correr hacia él. Sus instintos fueron en su vía de salida el único pedestal de apoyo que necesitó. De un solo salto ganó la altura suficiente para sujetarse a las barandas y salvarse de sus sueños devenidos en pesadillas. Con lágrimas en los ojos agradeció a Dios poder regresar a su relatividad.

No se bajó del camión hasta que este se alejó. Antes de hacerlo vio a un joven en el punto desde donde ella había saltado a las barandas motivada por el deseo de ocupar un mejor puesto en el tiovivo de la vida. Le hizo señas intentando disuadirlo, él le correspondió con un saludo y por su sonrisa ella supo que aquel joven entusiasta ocuparía su lugar en el banquete pautado para algún anochecer.

“… un mejor puesto en el tiovivo de la vida…”

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