
Recordar en medio de un párrafo particularmente difícil que hay que limpiar la caja del gato, regar las plantas o ver cómo le va a la última publicación de Instagram.
Echar una última mirada a información previamente descartada porque no aportaba nada nuevo y ya tenemos todo lo necesario para escribir un artículo.
Estar a punto de terminar esa nueva entrada para WordPress y, como le falta poco y en un ratito lo remato, aprovechar para volver a leer el último correo que le enviamos a un colega, revisar la agenda, cargada de excusas para dirigir nuestra atención a otro lado, consultar alguna cláusula del contrato de edición de la última novela publicada o la fecha de entrega de ese relato en el que hemos estado trabajando para enviarlo a un concurso.
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Nimiedades, insignificancias tras las cuales posterga su labor. Pero regresa, siempre regresa de ese lugar adónde había huido, y lo hace cuando logra conectar con ese mágico momento de concentración, cuando las palabras brotan a borbotones y no puede dejar de escribir, cuando sus dedos no se mueven lo suficientemente de prisa y entonces teme que se le escapen las ideas. Cambia los tiempos verbales <<eran infinitivos, idiota>> y el escrito fluye.
Regresa y concluye el trabajo, aunque en realidad nunca estuvo ausente, no del todo, tan solo se refugiaba en esas excusas mientras en alguna parte de su interior se resolvían los tiempos verbales, los modos, la sintaxis, se enlazaban las ideas con las creencias. Es como si el suyo fuera un proceso inconsciente, como si pequeños duendecillos traviesos le dijeran -anda a distraerte mientras nosotros terminamos el trabajo.

La escritura es, en gran parte y para algunos escritores, un evento semi consciente. Las tramas se tejen en su cabeza y luego simplemente se vacían a través de sus dedos que, entonces, corren nerviosos por el teclado. Un alto porcentaje del proceso creativo se da a nivel mental, con el creador ausente, luego las manos hacen el trabajo, pero es necesario impregnarse de esa idea, llevarla a un nivel íntimo, para que los duendecillos puedan desarrollar las ideas…mientras limpiamos la caja del gato.

Tal cual, al menos mi experiencia escribiendo es similar; luego de un tiempo me pregunto de donde o cuando se me ocurrió escribir este relato…Abrazo.
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