Eutanasia, un debate cargado de grises

La aprobación de la Ley de la eutanasia en España es solo el primer paso de un camino incierto que hay que emprender con pies de plomo.

La eutanasia es un tema del que se desprenden muchas preguntas y demasiadas respuestas. Ante cada planteamiento surgen argumentos que, a favor o en contra, comportan en sí mismos algo de razón, pero que no hacen otra cosa que alejar a la sociedad del consenso. Es imposible abarcar todos los aspectos que se desprenden de la eutanasia en un solo artículo, razón por la cual nos limitaremos a tan solo tres de ellos, como lo son el riesgo de la banalización de la muerte, que llevaría implícita la de la vida misma, la empatía y la conveniencia de otorgar a alguien el poder sobre la vida de otros.

Es un fenómeno conocido que las sociedades inmersas en la violencia se acostumbran a convivir con la muerte como un elemento más de su cotidianidad. Viví en una de ellas, y recuerdo los reportes televisados del parte de guerra del fin de semana que transmitían los lunes en la mañana. La narradora daba primero la cifra global y luego la desglosaba por estados, pero no hablaba de víctimas, sino de casos por resolver, compartía con el público las estadísticas de su trabajo como lo que para ella significaban: los datos de un día más en la oficina. Estas muertes lamentables producto de la violencia eran despojadas de su carácter aciago. Las viudas, los huérfanos, los menores de edad que pierden la vida de forma violenta y el horror que produce la crueldad sin sentido que reviste algunos crímenes, con el tiempo dejan de sobrecoger a sus pares; los fallecidos dejan de ser personas y se convierten en expedientes archivados en carpetas numeradas con códigos que permiten ubicarlas en medio de cementerios de papel.

No es mi intención comparar a la eutanasia con el homicidio, distan mucho la una del otro, pero en ambos casos la muerte pierde la excepcionalidad que caracteriza la desaparición de cada vida, única, valiosa e irrepetible y la costumbre la convierte en un hecho cotidiano. Esta es una posibilidad con la regularización de la eutanasia, la banalización de la muerte, que conduce a la de la vida, lo que a su vez podría llevar, por ejemplo, al replanteamiento de prioridades en cuanto a la orientación o el manejo de recursos de diferente índole, tales como, la investigación o el gasto público ¿Se vería afectada la investigación para hallar la cura de enfermedades como el Alzheimer y el cáncer? Es posible. Por un lado, la sobrepoblación es un hecho evidente y, por el otro, y en aras de la optimización de los recursos disponibles en la sanidad pública, no faltará quien considere conveniente invertir el dinero destinado al estudio de este tipo de dolencias en otras áreas. Las mejores intenciones se ven machacadas no pocas veces por los recursos disponibles; con demasiada frecuencia estos últimos moldean la toma de decisiones y las prioridades en cuanto al uso de los recursos humanos, materiales y financieros existentes.

Cabe igualmente preguntarse qué papel juega la legislación en este debate. La OMS define la eutanasia como la “acción del médico que provoca deliberadamente la muerte del paciente”, así, sin cortapisas ni ulteriores consideraciones sobre solicitudes, casos especiales, patologías incurables, juntas médicas, derechos humanos o deferencias éticas. Por este medio se otorga a un ente la facultad de poner fin a la vida del solicitante bajo el amparo de la ley. A partir de aquí se decantan los grupos en pro y en contra, ninguno de ellos tiene en su mano la verdad absoluta y cada argumento encuentra a su vez argumentos a favor y en contra. Posiciones como “es un acto de misericordia” se estrellan contra posturas religiosas del tenor de “sólo Dios da la vida y sólo Él puede quitarla” o médicas, dado que la eutanasia va contra el principio hipocrático de Primum non nocere, es decir, “ante todo, no hacer daño”, y es que en esta discusión confluyen las diferentes ramas del ser y el saber: el Derecho, la Medicina, la Política, la Religión y la Ética.

Aparecerán los objetores de conciencia con todo su derecho a oponerse a practicar la eutanasia; serán ellos, quienes, en definitiva, tendrán que llevar esa pesada carga sobre sus hombros, quienes se verán obligados a vivir con ello, serán sus principios los vulnerados. En la Edad Media los verdugos ocultaban su cara tras una máscara para proteger su identidad, a pesar de que actuaban en nombre de la ley, haciendo justicia al ejecutar una sentencia de muerte. Hoy en día son tres quienes oprimen el botón cuando se somete a un reo a la ejecución en la silla eléctrica y en el caso de la muerte por inyección letal ocurre lo mismo, ninguno de los verdugos sabe cuál de las jeringas es la portadora de la sustancia mortal. Entonces, ¿se puede obligar a alguien a poner fin a la existencia de otro abierta y directamente?

La empatía también tiene tribuna en esta discusión, solidarizarse con el dolor que sufre un enfermo terminal es inherente a la condición humana. Querer evitar que su sufrimiento continúe es considerado un acto de humanidad, pero poner sobre los hombros de un tercero la carga de acabar con una vida no es menos duro. Algunos médicos estarán de acuerdo, otros no y podríamos abrir un poco más el espectro de casos puntuales hasta llegar a aquellas personas que viven gracias a una máquina, ¿por qué se impide su muerte?, ¿por qué no desconectarlas y dejar que la vida siga su curso? Porque el deseo de preservar la vida está intrínsecamente relacionado con la esencia del ser humano y con el más básico y primitivo de los instintos de toda especie: el de supervivencia.

Hay quienes consideran que la eutanasia representa una derrota para la sociedad, un rendirse antes de tiempo, aduciendo que si un enfermo no se viera a sí mismo como una carga y gozara del debido acompañamiento y atención no solicitaría la eutanasia y proponen, en su lugar, el desarrollo de la Medicina Paliativa. La Asociación Catalana de Estudios Bioéticos (ACEB) plantea, en un documento titulado “¿Qué es la eutanasia?”, una vía alterna para asistir a enfermos terminales sumidos en el sufrimiento y presentan la sedación terminal como una herramienta ética. http://bioetica.cat/razones-para-el-no-a-la-eutanasia/

La legalización de la eutanasia es apenas el primer paso de un largo camino en el cambio de paradigmas éticos que la sociedad española empezará a recorrer con su aprobación. Se definirán estrategias y protocolos muy claros y específicos cuando se implemente la ley, que podrían evolucionar o diluirse en la medida en que la muerte se banalice, se haga rutinaria. Quizás con el tiempo se amplíe el espectro de casos aceptables o se minimice la importancia de contar con la solicitud o el consentimiento expreso del paciente. Es posible, ya ha ocurrido. No intento predecir el futuro, el párrafo anterior, lejos de especular, hace referencia al presente y pasado recientes de los resultados de la legalización de la eutanasia en países como Holanda, donde un médico permitió someterse a la eutanasia a una de sus pacientes, una mujer de 50 años quien, aunque gozaba de una buena condición física, sufría un cuadro depresivo severo, según el informe Remmelink. Además, en este país está al alcance de menores de edad, con el consentimiento de sus padres…hasta que ese consentimiento deje de ser un requisito.

No hay posiciones absolutas, nada es blanco y negro, es una discusión cargada de grises. Nunca se alcanzará el consenso.       

       

Querido lector, si ha llegado hasta aquí le invito a la sección “Reseña de productos”, donde encontrará la reseña de mi última novela, titulada “La máscara del verdugo”.     

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